¡Chof! Algo ha caído al mar, y tras flotar unos segundos, comienza a desaparecer bajo el agua, despacio.
En un día gris y desapacible como hoy, en el muelle no hay nadie, nadie que haya visto u oído que algo, quizás alguien, caía al mar. Las redes de los pescadores están estiradas de forma ordenada, descansando del trabajo de toda la semana. La flota permanece amarrada en el puerto, hoy nadie saldrá a faenar. En el ambiente solo se escucha el sonido sordo del viento esparciendo aleatoria y desordenadamente las hojas secas, así como el repiqueteo desacompasado de las campanillas de los barcos de pesca.
Una bandada de gaviotas sobrevuela el puerto. Ellas sí han visto como un cuerpo caía al agua y se hundía lentamente bajo las frías aguas.
Miguel empieza a sentir frío. Siente como el frío y la humedad comienzan a recorrer todo su cuerpo, desde sus extremidades hasta lo más profundo de su ser, recorriendo, despacio, todo su sistema nervioso, y llevando esa sensación hasta su cerebro. Miguel cree que no le está pasando a él, lo vive como si le pasara a otra persona, como si solo fuera un mero espectador. Sin embargo, una pequeña señal de alarma se ha encendido en alguna parte de su cerebro. Una luz parpadea, una sirena suena lejana. Pero Miguel no ve ni escucha nada, porque no siente nada, sólo esa sensación agridulce que le dan el frío, la humedad y la paz que le rodea.
Piensa que está dormido, que ha tirado demasiado del nórdico y que solo siente el frío que le sube por los pies. No quiere moverse, porque le gusta esa sensación de paz, y el frío aun no es lo suficientemente intenso como para moverse y taparse bien.
Pero el frío es cada vez mayor, cada vez más incómodo. Entonces ve algo, un resplandor, una luz lejana, y escucha el sonido amortiguado de unas campanas.
Poco a poco empieza a tomar consciencia. El tañido de las campanas es cada vez más claro, aunque más lejano. Algo pasa. Intenta despertarse, pero no puede. No está dormido. ¡Está en peligro! Quiere abrir los ojos pero sus párpados no responden a las órdenes de su cerebro. Intenta respirar, pero tampoco puede. Se siente agarrotado, incapaz de mover un solo músculo, y una sensación de agobio e impotencia empieza a invadirle.
¿Dónde está? ¿Qué ha pasado? Hace solo un momento se sentía a salvo, y ahora está en peligro.
Entonces recuerda. Aunque la tarde no era agradable, había quedado con ella. Habían acordado verse en el Serrallo, el barrio de pescadores. Caminaba por el muelle, muy cerca del agua, quizá demasiado, cuando algo pasó y cayó al mar. Quizá fue un golpe de viento, o quizá un desvanecimiento, daba igual, algo había pasado y poco a poco desaparecía en las frías aguas.
¿Y si no conseguía moverse?
Pero Miguel sentía paz. Allí abajo hacía frío, estaba cada vez más oscuro, pero había cada vez más paz. Esa soledad y esa sensación le reconfortaba de algún modo. Y Miguel pensó en ella. ¿Y si no la veía más? ¿Le echaría de menos?
Miguel se hundía más y más, pensando si intentar nadar hacia la superficie o no...
15 de abril de 2008
¡CHOF!
8 de abril de 2008
ANA
Ana está en el baño. Se acaba de duchar.
Se ha puesto unos pantalones vaqueros que le quedan perfectos, parecen hechos especialmente para a su medida. En la calle hace frío, así que ha decidido ponerse un jersey naranja, ajustado, de cuello vuelto. Con una mano limpia el vaho del espejo y se observa, reflejada en él. Es guapa y tiene un cuerpo bonito, aunque últimamente ha perdido algo de peso, quizá demasiado.
Ana se mira en el espejo. Ve la piel tersa de su cara enmarcada por su abundante pelo castaño, su pequeña y graciosa nariz, sus labios carnosos y sus preciosos ojos color avellana.
Ana intenta sonreír, pero no puede. Se fija detenidamente en su reflejo, en sus ojos, y a través de ellos vislumbra una mezcla de alegría y tristeza. Está ahí, frente al espejo, aunque se siente a miles de kilómetros. Esa sensación no le gusta, le gustaría estar donde está y no sentirse así. Lleva meses deseando estar aquí y ahora se siente lejos... Suspira.
Ana sale del baño. Su pelo rizado aun está húmedo y al caminar esparce por toda la estancia ese agradable olor, mezcla de champú, jabón y un cuerpo de mujer. Camina despacio, como ausente, ajena a todo lo que le rodea. Sus pies descalzos pisan la moqueta con gracia, como si fuera una princesa o bailarina, casi de puntillas.
Se arrodilla frente a la maleta y coloca sobre sus rodillas su pijama lila, perfectamente doblado. Su puño izquierdo permanece cerrado, y en él esconde la escueta ropa interior que llevaba puesta bajo el pijama. Abre la maleta y, sin prisa, guarda la ropa interior usada en su compartimento y busca acomodo a su pijama. Revuelve entre su ropa y por fin encuentra las medias que buscaba. Decide también coger unos calcetines para protegerse mejor del frío reinante.
Se pone en pie y camina, de forma elegante, hacia uno de los sofás que hay en la habitación. Se sienta sobre uno de los brazos, y se agacha para acercar las botas altas que dejó ahí la noche anterior.
Con ambas manos, se sube una pernera del pantalón hasta la rodilla para poder ponerse la media. Coloca una media en uno de sus pies y comienza a desdoblarla, meticulosamente, ascendiendo poco a poco por su pantorrilla, de forma que parece un arte aprendido por la costumbre. Hace lo mismo con la otra media y se pone encima los calcetines. Luego se calza las botas y vuelve a colocar las perneras del pantalón, cubriendo con él las botas.
Finalmente se pone en pie, y estira sus pantalones con sus manos, desde sus muslos hasta debajo de las rodillas. La forma de hacerlo es tan elegante y suave que parece que simplemente se acaricie.
Camina de nuevo hacia la maleta. Las botas y el tacón alto le confieren aun más elegancia. Del neceser coge su perfume, con el que se pulveriza las muñecas y el cuello, y el intenso aroma invade la habitación.
Ana termina de recoger sus cosas, cierra la maleta y se pone el abrigo. Es largo, negro e impermeable, ideal para protegerse del frío, la lluvia y el viento que hay fuera. Se pone una bufanda gris, que ella misma ha tejido, alrededor de cuello, enrollándola como una enorme serpiente. Con la ayuda de sus manos, saca los rizos que han quedado atrapados entre el abrigo y la bufanda.
Por fin dice en voz alta: "Estoy lista".
Coge la maleta y la pequeña mochila y abre la puerta de la habitación. Antes de traspasar el umbral, se para, mira hacia atrás y echa un último vistazo. En sus ojos color avellana hay una mezcla de alivio y pena.
1 de abril de 2008
MAMÁ GALLINA
"Mamá gallina" es la amiga que todos querríamos tener.
Mamá gallina es de ese tipo de personas que siempre cuida a sus polluelos. Mamá gallina hará cualquier cosa para defender a sus crías de cualquier ataque que puedan recibir, incluso de otro de sus polluelos. Si conoces a mamá gallina, no deberías atreverte a atacar a uno de sus polluelos, pues ella lo defenderá con uñas y dientes, o mejor dicho, con pico y espolones. Defenderá a sus polluelos como lo haría cualquier madre, o puede que con más intensidad, si cabe.
No es fácil llegar a ser uno de los polluelos de mamá gallina... o sí, quién sabe. Puedes ser uno de sus polluelos si eres de la familia, o bien, si te adopta como polluelo. Y es que si mamá gallina ve a un polluelo en peligro, aunque no sea suyo, ella puede decidir acogerlo bajo su ala y darle protección, y nadie a su alrededor lo discutirá. Dicho así, parece que mamá gallina sea Vito Corleone, pero nada más lejos de la realidad.
Aunque mamá gallina aun no ha tenido polluelos nacidos de un cascarón propio, todo el mundo sabe el día que eso ocurra ella será una excelente mamá.
Mamá gallina no solo te protege. También te alimenta. Es una excelente cocinera y siempre está dando de comer a sus polluelos hambrientos, que revolotean piando a su alrededor en busca de uno de los ricos manjares que prepara mamá gallina.
Hay pocas personas como mamá gallina, pocas personas con un corazón como el suyo.
A veces, algunos de sus polluelos han llegado a abusar de ese buen corazón y a hacer mucho daño a mamá gallina, y eso no es algo de lo que ningún polluelo deba sentirse orgulloso. Sin embargo, mamá gallina siempre te da una segunda oportunidad, y una tercera, y... bueno, mamá gallina tiene muchísima más paciencia que otras gallinas. Si tienes la suerte de conocer a mamá gallina y te deja ser uno de sus polluelos, no le falles, o perderás a una gran amiga y te arrepentirás toda tu vida. Algún día dejarás de ser un polluelo y cuando te mires en un espejo y veas que te has vuelto un gallo viejo, recordarás a mamá gallina con nostalgia.
Me gustaría que conocieras a mamá gallina, pero ahora no sé donde está. Un día sus polluelos se amotinaron. Vamos, que hubo una revuelta de polluelos, como en Chicken run, y mamá gallina se cansó. Se cansó de cuidar de polluelos rebeldes que no hacían más que protestar y picotearla y herirla de una forma u otra. Y mamá gallina corrió despavorida, abandonó el corral en el que estaban ella y sus polluelos y se adentró en el bosque. Otras veces, cuando mamá gallina se siente herida e indefensa vuelve a sus orígenes: se hace huevo y cree que así el cascarón le protegerá de todo y de todos. Pero esta vez, mamá gallina huyó, corrió, sin mirar atrás, sin cacarear siquiera.
Y ahora mamá gallina no encuentra el camino de vuelta. Puede que los árboles no le dejen ver el bosque, o puede que simplemente esté asustada y tenga miedo de que sus propios polluelos vuelvan a picotearla. Mamá gallina no sabe siquiera si quiere volver, pues cree que no debe cuidar más de unos polluelos rebeldes y anárquicos, que hacen lo que quieren, sin mirar por nada ni por nadie, nada más que por sí mismos.
Pero lo que mamá gallina no sabe es que los polluelos rebeldes echan de menos a mamá gallina, que la quieren y la necesitan. Necesitan a mamá gallina. Y pían y pían sin saber si alguien les escucha, y lo único que quieren es que mamá gallina vuelva con ellos.
Si alguien ve a mamá gallina, que le diga por favor que los polluelos la echan de menos.
¡Vuelve, mamá gallina!